De Carreras (60 articulo/s)

Diciembre-2008 - El Ultimo desierto, la ultima frontera, la Antártida

Una aventura inolvidable en una de las ultimas fronteras, la Antartida.
Un largo viaje que merece la pena, si se aprovecha como experiencia tambien de viaje.

Por: Carlos Ultrarun

Hay muchos desiertos en el mundo, y cada vez mas, me temo, y en casi todos he corrido ya, pero la experiencia del hielo extremo nunca la he vivido y la inquietud de lo desconocido es siempre la que mas nervios genera. La prueba en la Antártida forma parte del reto “Los 4 Desiertos” presentado por Racing the Planet, que consiste en 4 carreras por los entornos mas extremos del mundo, el Atacama en Chile, el Gobi en China, el Sahara en Egipto y el ultimo desierto la Antártida. Todas ellas son carreras de 250 kilómetros en autosuficiencia alimentária, es decir, hay que llevarse todo lo que se necesita ya que la organización solo suministra el agua, y habiendo corrido los otros tres solo me quedaba el ultimo desierto para convertirme en el primer español en completar la aventura. Es realmente difícil correr en cualquiera de las grandes superficies polares, tanto al norte como al sur, ya que, afortunadamente, están protegidas por tratados internacionales, que limitan enormemente las actividades a realizar, y las “turísticas” las primeras, de manera que Racing the Planet, la organización, debe realizar una infinidad de tramites previos para obtener la autorización para la carrera y está siempre subordinada al control de un supervisor, que viaja con nosotros, y se encarga de controlar hasta los mínimos detalles, áreas de desembarco, trazado de la carrera, o cualquier cosa que pueda afectar a la fauna o al entorno. La aventura comienza en Ushuaia, capital de la Patagonia Argentina y la ciudad mas al sur del mundo, situada en el paralelo 54 sur y casi al fondo del canal de Beagle. Este es el punto mas cercano a la Antártida, concretamente a la península antártida que es el único sitio del continente abierto al turismo y por tanto el punto de partida de todos los cruceros y expediciones. El hecho de ser el punto mas cercano, quiere decir que “solo” estamos a 1.000 kilómetros de nuestro destino y esa distancia navegando por el estrecho de Drake, puede hacerse muy larga, ….pero que muy larga. Embarcamos en nuestra nave, un rompehielos ruso, el Professor Molchanov, con la enorme excitación de la nueva aventura y aunque en tierra de fuego, curiosamente todo es frío, nos reciben con un jarro de agua, que nos hace temblar a todos, el casco tiene un agujero que hay que reparar y que amenaza el viaje. Durante un día completo estamos pendientes de las actividades de los buzos argentinos que intentan reparar la vía, y aunque todos pensamos que da lo mismo, que salgamos de cualquier modo, mas adelante nos alegraremos de realizar una reparación concienzuda. Por fin con 24 horas de retraso nos movemos del muelle de Ushuaia y emprendemos la navegación a través del canal de Beagle y la excitación solo se ve mermada por el miedo al estrecho de Drake, protagonista de grandes tormentas y mares embravecidos, por lo que, en previsión, vamos todos provistos de todo tipo de remedios contra el mareo, parches de escopolamina, pastillas de biodramina, chicles, pulseras, vamos, todo la farmacia. Las primeras consecuencias del cruce del estrecho se notan a la mañana siguiente y en el mismo desayuno ya empiezan las bajas, que Irán aumentando lentamente hasta quedar solo algunos supervivientes, ya que aunque tenemos suerte con el estado del mar, no dejan de ser aguas abiertas y el movimiento es considerable. Cada uno, de los que aun podemos movernos, intentamos pasar el rato de la mejor manera posible, leyendo, charlando o asistiendo a las charlas que las biólogas de la expedición nos ofrecen para conocer mas en profundidad el nuevo continente. El único momento en el que se rompe la monotonía es cuando recibimos la visita de dos juguetonas ballenas jorobadas, que durante casi una hora rondan el barco y nos hacen correr de una borda a la otra para observarlas. Dos días y dos noches dentro de una coctelera son duros, pero por fin, de madrugada del tercero empezamos a ver los primero iceberg y las aguas se calman de nuevo, estamos en la Antártida. El objetivo de esta carrera es el mismo que las otras tres, es decir, alcanzar los 250 kilómetros de distancia, pero el problema es que este continente es distinto a cualquier otro, las condiciones meteorológicas son extremas, y la expedición tiene unas reglas y un calendario fijo que hay que respetar, por lo que la dificultad para alcanzar el objetivo se multiplica. Esto queda patente en el primer desembarco, Cuverville Island, en donde realizamos la primera etapa y nos encontramos con 60 centímetros de nieve virgen, y miles de pingüinos que nos miran asombrados. La etapa es dura, el recorrido es de solo 670 metros ya que no se puede hacer mas largo y la nieve, recién caída, hace que cada paso cueste el doble. Aunque a nivel deportivo es duro, el entorno es espectacular y los pequeñajos pingüinos nos alegran cada vuelta. La etapa es por tiempo, y después de tres horas y media dando vueltas como peonzas se da por concluida y empapados por la nieve, y con algo de frío, pero no demasiado, esperamos en la playa a que nos recoja la zodiac del barco. Todos los desembarcos se hacen en zodiacs del barco, con una bióloga y con un equipo mínimo de seguridad, además del equipo de la carrera, con lo que el material a llevar es considerable. Mas o menos, con esta primera etapa nos a quedado claro el procedimiento. Adaptándonos al horario preciso de la expedición, se realizarán todas las etapas posibles. Teniendo en cuenta el recorrido y las condiciones en tierra, cuando se pueda hacer una etapa, se nos avisará, casi en plan bomberos, y saldremos disparados a correr, de manera que estamos en lo que podemos llamar “alerta de carrera”. La etapa 2, esa misma tarde, es de excepcional belleza y además es de las pocas que podremos hacer en el continente antártico, Neko Harbour es un puerto natural, con un glaciar justo enfrente con paredes de hielo de 50 metros, que se alzan delante nuestro. La bahía esta en calma, llena de icebergs flotando y el día esta bastante despejado con lo que disfrutamos de un entorno mágico. Solo los estruendos de los trozos de hielo que caen al mar, rompen la paz. El anillo es similar a el de esta mañana, pero con una pronunciada subida desde la que se ve toda la extensión de mar antártico y donde casi es obligado pararse para disfrutar la vista. Esta vez, 5 horas es el limite, y aunque la nieve sigue siendo muy profunda, aprovechamos la noche antártica, que dura solo dos horas y corremos hasta las diez. El atardecer es maravilloso, y los colores del hielo al caer el sol, son mucho mas que espectaculares. Al volver a la nave, todos, o casi, sufrimos las consecuencias del famoso agujero del ozono, y estamos churruscaditos por el escaso sol, pero que sin la protección del ozono, nos abrasa sin piedad. El segundo día en la antártida, diana a las 4 y media de la mañana y empiezan los cambios. La etapa, en la Isla Peterman, se desarrolla con unos dos grados bajo cero, y un viento de unos 20 km/hora que reduce la temperatura de modo radical. El recorrido es el mas largo de todos, de 1,3 Km., y en este caso la nieve además de profunda, tiene un apoyo traicionero, es decir, que no es muy estable y hay zonas mas duras que otras en las que nos hundimos, con lo que es extremadamente fatigoso el avance que solo se ve entretenido por los amigos pingüinos, que deciden casi correr con nosotros y no dejan de meterse en nuestro circuito. Las reglas de comportamiento dictan que tienen preferencia, de manera que hay numerosas paradas para ceder el paso a los pequeños corredores. La duración de la etapa, casi 5 horas, y el frío extremo, hace que a la vuelta, dejando de correr aparezcan algunos casos de hipotermia aunque gracias a la sauna del barco, no pasan de ser sin consecuencias. La mañana se ve amenizada con la visita a la base Ucraniana de Vernadsky, heredada de los ingleses y que es conocida por tener el bar mas austral del mundo. Esa misma tarde, otra etapa nos espera en la bahia Dorian, un paradisíaco promontorio con un refugio argentino. El anillo es de poco menos de un kilómetro y la nieve extraordinariamente profunda, de manera que las primeras tres vueltas o cuatro debemos hacerlas caminando, ya que es imposible correr con la nieve casi por medio muslo, después, el paso de todos los corredores hace mas transitable el circuito y la velocidad aumenta, aunque tampoco mucho. El trazado es siempre un estrecho sendero con las paredes de nieve virgen a los lados de manera que para adelantar, lo que pasa a menudo, debemos pedir paso y que nos dejen pasar, de manera que no es fácil tener un ritmo constante. La paliza que llevamos encima se empieza a notar, dos días y doblete cada día y aunque si bien el numero de kilómetros no es mucho, la tensión de estar “siempre listo” y no tener la ropa necesaria seca va haciendo mella en todos que recuperamos sueño en cuanto se puede. El tercer día, nos da un respiro ya que la parada prevista, una bahía que hace honor a su nombre, Bahía Paraíso, tiene tanta nieve que es imposible hacer la etapa, de manera que descendemos a tierra en plan turista y efectivamente la nieve nos llega mas alta que la cintura, con lo que nos mantenemos en la zona costera e incluso visitamos la zona en zodiac. El cambio de actividad se agradece y esta vez disfrutamos de la fauna, pingüinos, petreles, focas, y alguna ballena que nos visita e incluso algunos llegan a hacer una excursión en kayak entre los icebergs, algo memorable. Después de esta jornada de descanso, nos preparamos para compensarla, ya que en Racing the Planet, no hay nada de regalo, si un día es tranquilo, es porque el siguiente será muy duro. La etapa siguiente es en la isla Decepción, que pertenece al archipiélago argentino de las Islas Shetland del Sur, pero esta vez nos enfrentamos a la Antártida, en toda su brutalidad y después de 10 horas de navegación, casi todas de noche, llegamos a las inmediaciones de Decepción en donde nos espera un mar embravecido y viento de 30 metros por segundo. Sabiendo que corresponde a 108 Km./h y que estamos a un paso, en la escala Beaufort del huracán, el capitán decide que obviamente no se puede anclar, y continua la navegación hacia Half Moon Bay, la siguiente parada por si las condiciones mejoran. Lejos de mejorar, la cosa se complica, con olas entre 9 y 14 metros y nos empezamos a dar cuenta de la gravedad de la situación, por lo que empieza la operación “parche de escopolamina” y todos a los camarotes. Empezamos a entender porque las sillas del bar están atadas, y la nave se convierte en una autentica coctelera. El capitán orienta el rumbo de modo que se sufran menos los vaivenes, pero hay cosas imposibles de evitar y el color verde empieza a ser normal en las caras de todos. La situación critica dura un día y medio largos, eternos diría yo, en los que la supervivencia se convierte en el único objetivo y los anuncios de las comidas son acogidos con verdadero cachondeo. Después de la tempestad, viene la calma, como todos sabemos, y realmente ya cerca de la embocadura del Beagle el viento se reduce y las olas nos dan un respiro con lo que queda claro que la aventura ha terminado. La Antártida es el ultimo continente salvaje, completamente a merced de una naturaleza e imposible de domesticar, de manera que para correr allí, solo hay dos opciones, o nos quedamos el tiempo que sea necesario, 15 días, un mes, para completar los 250 kilómetros, o asumes lo que te puedas encontrar en un continente vigen, disfrutas los kilómetros que puedas correr y no hechas de menos los que te falten que obviamente es lo que hemos hecho nosotros. La experiencia ha sido increíble, el viaje, indescriptible y correr en un continente perdido de la mano de Dios, en donde nadie antes que nosotros ha corrido jamás, una experiencia única de manera que a todos los efectos damos la carrera por terminada, el reto por conseguido y nos guardamos en lo mas profundo del corazón, las memorias de esta magnifica experiencia. Mas información: www.4deserts.com www.ultrarun.es