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Otoρo 2006 - Corredores en la ardiente arena

Relato general de carreras por el desierto, que son, valen para algo,??

Relato general de carreras por el desierto, que son, valen para algo,??

Hace 22 años, Patrick Bauer, un ex promotor de conciertos de nacionalidad francesa, intentó emular la leyenda bíblica de Moisés, el hermanastro de Ramsés, en las dunas del Sinai. Y lo hizo. Bauer recorrió más de 350 kilómetros a pie en el inabarcable desierto del Sahara. Más allá de la fatiga, aquello se convirtió en una experiencia inolvidable para Bauer que, dos años después, organizaba una carrera en pleno desierto: el Marathon des Sables (maratón de las arenas). Un total de 230 kilómetros repartidos en seis etapas. Sólo se apuntaron 23 atletas para un desafío que entonces, a mediados de los ochenta, parecía descomunal. Hoy ya no tanto. De los más de 800 ultrafondistas que se han enfrentado a la última edición el porcentaje de retirados no ha llegado ni al diez por ciento. Incluso nos encontramos con una declaración como la del doctor canario Antonio Javier González, uno de los corredores que terminó el maratón en casi 30 horas. “Yo, sinceramente, pensaba que era más dura”. Y lo razona: “En realidad, durante toda la prueba vas a un ritmo muy accesible. Hay gente que empieza corriendo y termina andando. Pero ya no se trata sólo de eso, sino que los dos hermanos marroquís que ganaron fueron a unos 14 o 15 kilómetros por hora lo que implica una media de 5.00 minutos cada 1.000 metros. Lógicamente, esto no tiene nada que ver con las carreras de asfalto, en las que los ganadores van a un ritmo alrededor de los 3.00 minutos por km”.

El desierto, efectivamente, demanda atletas resistentes, endurecidos y con sed de aventura. Algo así como Lawrence de Arabia. Por eso es una prueba en la que primero está la cabeza y después las piernas. “Si tú estás convencido de que lo puedes lograr no te quepa la menor duda de que lo conseguirás”, cuenta Ángel Cubas, uno de los atletas que ha terminado la primera edición del durísimo Marathon Hoggar al Sur de Argelia. “Debo reconocer que sufrí mucho. De hecho, al finalizar la primera etapa, acabé tan mal que tuvieron que ponerme tres bolsas de suero y una de potasio”. Pero aun así Ángel terminó las cinco etapas y hoy está convencido de que esa ha sido la primera pero no la última vez. Es más, no duda de que habrá un nuevo desafío al desierto en su vida. “Lo más duro de realizar es lo más dulce de recordar”, advierte.
Ángel encarna la manera de ser de los ultrafondistas, en general hombres habituados a convivir con el dolor y la agonía del que no puede más. Cuando uno lleva más de treinta kilómetros corriendo por el desierto es inevitable que le surjan ampollas en los pies y no hay forma de evitarlas, porque “la arena siempre acaba pasando factura. Hay gente que, para protegerse, lleva polainas que se las hacen ellos mismos, incluso con cinta de embalar. Pero a medida que pasan las horas el desierto impone su ley”. El que lo cuenta es Santiago Recio, que añade: “Viendo los pies de algunos atletas ni siquiera se entiende que puedan seguir caminando. Pero lo cierto es que luego te los encuentras en la meta y, naturalmente, al día siguiente, repiten. Y no andan. ¡Corren!”.

No se sabe si es masoquismo o romanticismo lo que caracteriza a estos centauros del desierto, la mayoría de ellos coincide en la adicción que crea “el camino a lo desconocido” que les propone esta aventura. Lo pasan mal, porque se enfrentan a condiciones muy agresivas: la altitud, la falta de humedad o las propias temperaturas, casi siempre extremas: o demasiado calor o demasiado frío. Es muy difícil participar en la Desert Cup, en el maratón de las Arenas o en los 100 kilómetros del Sahara y que no haya un día en el que el termómetro supere los 50 grados. Pero afortunadamente estos atletas tienen sus mecanismos de defensa. Por eso hoy en día es raro el corredor que se deshidrata en el desierto o al que le desmorona un golpe de calor. Hablamos de gente muy preparada que lleva años estudiando estas pruebas. “Al principio de carrera, la sensación corporal no es buena. Como en general son ambientes muy secos apenas se suda y no te das cuenta del líquido que estás perdiendo. Por eso si no te hidratas continuamente te arriesgas a deshidratarte”, explica Ángel Cubas, que en su discurso homenajea la sinceridad, la nobleza, del desierto. “No te engaña. Desde el primer momento te deja las cosas claras. Su propio hábitat te está diciendo: ‘chico, ten cuidado, esto va a ser muy duro’. Pero ahí estamos nosotros, nuestro esfuerzo, nuestro espíritu de convivencia. En el maratón de Hoggar yo terminé una etapa con una chica que lloraba y que me pedía a gritos que no la dejase sola. Creo que ese día se me ha quedado grabado para siempre”.

LAS TORMENTAS DE ARENA
Carlos García Prieto es otro atleta que se ha enganchado al desierto. En su declaración tampoco trata de engañar a nadie y asegura que a veces uno sufre lo que no está en los escritos. “En la última Marathon des Sables nos cayó una tormenta de arena cada día”. Carlos se refiere a esas ráfagas de viento que pueden superar los 115 kilómetros por hora. Durante esos momentos la visibilidad es nula, la arena golpea con fuerza la cara, los brazos, las piernas…, y es prácticamente imposible avanzar. Pero es algo que puede pasar. Esto es el desierto. “Aquello fue durísimo -prosigue Carlos- y te acabas preguntando: ‘¿qué estoy haciendo aquí?’ Luego recapacitas y te das cuenta que eres un afortunado por correr en esos paisajes tan especiales, en esos inmensos caminos o en esas dunas de arena”. El doctor Antonio Javier González, otro fanático del atletismo, reconoce que lo que más le gusta de estas pruebas es el intercambio cultural que se establece con corredores de otros países y en los propios campamentos, en los que uno se aloja al terminar cada etapa. Allí, los atletas nunca se encuentran solos. Los niños saharawis les pedirán caramelos, los adultos les ofrecerán un té para calmar el cansancio, en definitiva la hospitalidad del pueblo saharawi. “Son experiencias que le enriquecen a uno”, asegura Carlos García Prieto.

Hay atletas que lloran al cruzar la meta y otros que ríen por no llorar, pero detrás de cada uno de esos atletas que traspasan el umbral de lo imposible hay una historia que vale la pena conocer. Para empezar, ¿a qué tipo de entrenamiento debe someterse el atleta para vencer al desierto? Antes de ir es importante acostumbrarse a terrenos accidentados, al piso desuniforme, a subidas y bajadas violentas que ayudan a potenciar los cuadriceps. La siguiente prioridad es trabajar la resistencia. “Las sesiones de carrera son a un ritmo cómodo, pero deben ser largas. Yo, por ejemplo, hay veces en las que voy a correr al Teide, porque las condiciones son similares a las que me voy a encontrar en el desierto”, explica el doctor González, que tiene esa posibilidad al vivir en Tenerife. El atleta Luis Muñoz, que ha corrido la Desert Cup, certifica que “efectivamente, las series de velocidad son innecesarias, pero a cambio uno debe correr mucho tiempo seguido. ¿Las horas? Bueno, eso depende de cada cual, de las circunstancias personales, si estás casado, si tienes hijos…, pero sí hay días en los que debes llegar, como mínimo, a las tres o cuatro horas”. Es lo que pide el desierto: un atleta paciente, que tenga tiempo para entrenar y que se comprometa con los desniveles de este tipo de carreras en las que casi todo es imprevisible. “En el Maratón Hoggar la subida a la ermita del padre Faucould tiene desniveles de más del 19%. Y luego eso hay que bajarlo”, cuenta Ángel Cubas.

El atleta debe ser ordenado a la hora de vivir, de beber y de comer. Sin ir más lejos, en el Marathon des Sables los atletas deben ser autosuficientes, esto es llevar su propia comida en una mochila que pesa entre cinco y quince kilos. “Tú tienes que justificar que en esos kilos llevas 2.000 calorías por cada día de carrera, que es lo que te exige la organización y lo que te barema”, cuenta el doctor González. “De lo que se trata entonces es de llevar alimentos que te aporten el mayor número de calorías con el menor peso posible y, a su vez, algo que psicológicamente te sea fácil de comer. Por eso lo que más se llevan son barritas enérgeticas y alimentos que se calientan con agua, papillas, espaguetis…, que tienen un alto porcentaje de hidratos de carbono”. La organización facilita el libro de ruta al corredor y ofrece puestos de avituallamiento cada diez kilómetros con botellas que tienen marcado, incluso en el tapón, el dorsal de cada participante. Eso quiere decir que uno no puede tirar la botella. Si la organización la encuentra, gracias a ese distintivo, identificará al atleta que la ha tirado y lo multará. “Incluso en el desierto, hay que tener mucho cuidado con los pequeños detalles”, agrega Ángel Cubas. “Pero insisto en que si uno se sabe administrar no debe tener problema”.

COMIDA, BOTIQUÍN Y LINTERNA
Es importante que el atleta vaya ligero de ropa, que lleve gafas de motociclista para la ventisca, protectores solares, cacao labial y la cabeza siempre cubierta. También es recomendable que las zapatillas sean por lo menos una talla más grande de la que se necesita, porque a la larga el pie siempre se hincha. Para las etapas nocturnas hay que llevar una linterna y, sobre todo, mucho cuidado cuando se entra en caminos intransitables de piedras. Los atletas también corren con su propio botiquín de seguridad. Pero como mejor se conocen las exigencias de este tipo de carreras es a partir de la experiencia. Por eso hay que ir poco a poco, de menos a más. Para empezar, el Maratón del Sahara puede ser una prueba idónea. Se diversifica en carreras de 5, 10, 21,097 o 42,195 kilómetros. Cada atleta elige la distancia. Se celebra en el mes de febrero entre los campamentos de El Aaiun y Smara y en esa época no suele hacer mucho calor. Diego Muñoz, el director técnico de una de las empresas organizadoras, asegura que “es un recorrido relativamente plano”, de lo más accesible que se puede encontrar en el desierto. Tiene un marcado carácter solidario, de ayuda a los campamentos de refugiados saharawis, y el año pasado nos encontramos con participantes como los madrileños Javier Baños y Miguel Rodríguez que acudieron con 40 kilos de alimentos y ropa y un maletín de medicamentos para atender las necesidades de esos pueblos. Con esto se sintieron ganadores: “Conseguimos que nuestra presencia sirviera para algo más que para darnos una satisfacción a nosotros mismos”.

Para ser la primera toma de contacto con el Sahara quizá sea la carrera idónea, siempre y cuando la temperatura acompañe. Más adelante, si uno busca mayores retos debe saber que este tipo de aventura no es barato. Entre gastos de inscripción, desplazamiento y alojamiento la experiencia puede salir entre 2.000 y 3.000 euros. Por lo demás, no hay que preocuparse. El desierto no es tierra exclusiva para superhombres. Claude Compain terminó el Marathon des Sables en 1996 con 76 años. En la siguiente edición, el británico Chris Moon completó la prueba con una pierna y una mano artificial. En realidad, lo primordial es la paciencia y la resistencia que se adquiere con el entrenamiento. A partir de ahí el atleta sabe que se adentra en un entorno mágico pero desconocido. Y si tienen alguna duda no hay más que preguntárselo al campeón olímpico Mauro Prosperi que, en su primera aventura en el desierto, se perdió y cuando fue rescatado, seis días más tarde en el oeste de Argelia, apareció con 18 kilos menos. “Verte de esa manera me ha dejado claro lo frágiles e insignificantes que somos frente a la fuerza de la naturaleza”, declaró.
Pero, amigos, no se crean que esto es raro…, ¡hablamos del desierto!.

“NO SÉ EXPLICARLO CON PALABRAS”
Entrevista a Carlos García Prieto

Texto: M. J. Cordero
Carlos García Prieto, arquitecto, de 44 años, es un apasionado de las carreras en la montaña y en el desierto. Ha participado en la Desert Cup, las 100 millas de Namibia, el Marathon des Sables, los 100 kilómetros del Sahara o en la Ultra Trail del Mont Blanc con 17.000 metros de desnivel (8.500 metros de subida y 8.500 de bajada). Eso sólo es una pequeña muestra de su enorme trayectoria que, en cualquier caso, da una idea de su carácter absolutamente aventurero.

Pregunta. ¿Qué es lo que te ha empujado a correr en el desierto?
Respuesta. Hace cuatro años participé en una carrera de montaña. Yo era un hombre que venía de hacer muchas pruebas de asfalto en la ciudad y no entendía como se podía correr en la montaña. Pero lo cierto es que desde entonces no he vuelto a bajar. Fue algo que me atrapó totalmente y a partir de ahí vino el desierto, otra experiencia fabulosa que se compromete con mi manera de entender el deporte. Yo lo he visto siempre como una aventura.

P. ¿Pero no es demasiado duro?
R. Para mí es una sensación increíble correr en esos paisajes tan especiales que ofrece el desierto. De pronto, te cae una tormenta de arena mientras estás comiendo o te encuentras en la noche corriendo en medio de un mar de dunas y te enfadas y te preguntas “¿qué hago yo aquí?” Pero al día siguiente repites porque lo necesitas y porque es la vida que te gusta. Sabes que volverás a llegar a la meta sudado, cansado, sucio y tal vez ensangrentado… Hay gente que me pregunta porque hago estas locuras y yo les digo que lo siento, pero no sé explicarlo con palabras. Es más, aunque supiera, seguirían sin entenderme.

P. Hablas desde la más absoluta vocación, Carlos.
R. Es un mundo que atrapa. Aquí no se trata de llegar el primero o el último, esto no es nada competitivo, el tiempo que vayas a tardar no te preocupa. Si ves a alguien que se ha caído te paras a ayudarle… Es el compañerismo, la convivencia más pura. Hay muchas veces que cuando coges el avión de regreso ya lo estás echando de menos y estás deseando volver.

P. ¿Cómo te preparas para hacer frente a este tipo de desafíos? Acabas de correr el Marathon des Sables, 230 kilómetros en seis días, y, según cuentan, en todos os cayó una tormenta de arena. Eso es muy duro.
R. Sí, sí, ha sido tremendo. Pero tengo la suerte de que ya conozco esas pruebas y sé lo que necesita mi cuerpo para aguantarlas. Hay carreras en las que estoy unas 43 horas corriendo. Entonces sé que eso me exige entrenamientos de seis o siete horas. Así que, por ejemplo, hay muchas veces en las que me voy a entrenar de noche. Salgo a las siete de la tarde y no vuelvo hasta las siete de la mañana. Otras veces me voy desde El Escorial hasta La Pinilla corriendo… En realidad, se trata de habituar el cuerpo a la larga distancia. Lógicamente, dos horas seguidas corriendo para mí, que a lo mejor pretendo hacer 100 kilómetros en dos días en el desierto, son pocas. Si quiero aguantar sé que necesito más.

P. Un ultrafondista como tú prestará mucha atención al tema de la alimentación, ¿no?
R. No soy muy organizado, tampoco te creas. Alguna vez lo he intentado, pero ya bastante te agobia la carrera como para agobiarte tú por otros temas. Pero sí, claro, en carrera ya sé lo que me sienta bien y lo que no. Por ejemplo, tomo muchos colines porque el pan me estabiliza mucho el estómago y en general procuro que todos los alimentos que como en carrera sean naturales. También llevo queso parmesano, jamón serrano, frutos secos…

P. ¿Y respecto a la hidratación?
R. Pues mira por donde la Coca Cola para mí es esencial en el desierto. De hecho, casi siempre voy acompañado por mi botella, pero ya no sólo es eso, sino que es normal que en casi todos los avituallamientos la tengan. Y la verdad es que en esas situaciones extremas, en las que a veces te encuentras luchando ante 50 grados, te viene de maravilla. A mí, cuando tomo Coca Cola, me pega un subidón, un ánimo, una alegría que hace que los siguientes kilómetros me resulten mucho más fáciles. Y lo he comentado con otros compañeros y les pasa igual.