Mongolia, ocho años después, sigue consiguiendo sorprenderme

Mongolia, ocho años después, sigue consiguiendo sorprenderme

7 julio 2026 0 Por Carlos Ultrarun

Este año, junto a un equipo extraordinario, hemos vuelto a revisar y marcar los cerca de 250 kilómetros que recorrerán los participantes del Gobi March durante seis etapas por algunos de los paisajes más remotos del país. Es un trabajo intenso, exigente y, en muchos momentos, completamente alejado de cualquier comodidad, sobre todo este año con el tiempo que hemos tenido con temperaturas extremas y mucho viento. Pero también es uno de esos privilegios que recuerdan por qué merece la pena dedicar la vida a las carreras de aventura.

Nuestro trabajo comienza mucho antes de que llegue el primer corredor. Durante días recorremos pistas inexistentes, atravesamos valles, ascendemos collados, buscamos los mejores pasos entre montañas y tratamos de construir un recorrido que combine belleza, seguridad y el espíritu de aventura que caracteriza a RacingThePlanet. Cada bandera que colocamos será una referencia para todos los que, semanas después, vivirán probablemente una de las experiencias más intensas de sus vidas.

Detrás de cada cinta hay horas de conducción, caminatas interminables, decisiones sobre el terreno y muchas conversaciones para encontrar la mejor alternativa posible. Nada está improvisado.

Pero si hay algo que siempre espero con ilusión en cada viaje a Mongolia no son los kilómetros ni los paisajes. Es su gente.
Pocas culturas conservan una relación tan auténtica con su territorio. Los encuentros con las familias nómadas siguen siendo, año tras año, uno de los grandes regalos del viaje. Compartir un té con leche salada dentro de una ger, observar cómo los niños juegan a caballo con una naturalidad imposible de imaginar en Europa, ver cómo desmontan y vuelven a levantar su hogar según avanzan las estaciones… Todo transmite una forma de entender la vida mucho más sencilla y, quizá precisamente por eso, mucho más rica.

En un mundo donde casi todo parece acelerarse, Mongolia continúa recordándome que existen otros ritmos.
También me fascina esa inmensidad casi imposible de describir. Durante horas podemos recorrer estepas infinitas sin cruzarnos con nadie. El horizonte parece no terminar nunca. La ausencia de carreteras, de edificios y de cualquier elemento que rompa el paisaje provoca una sensación de libertad difícil de encontrar en cualquier otro lugar del planeta.

Es un escenario perfecto para una prueba como el Gobi March. Aquí la naturaleza sigue siendo la verdadera protagonista.

Y luego está el equipo.
Cada año comparto esta aventura con un pequeño y selecto grupo de personas que de manera totalmente voluntaria que hacen que todo resulte mucho más fácil. Personas deseosas de resolver problemas constantemente, capaces de improvisar cuando hace falta y de mantener el buen humor incluso después de jornadas larguísimas.
Entre ellos ha estado Alex, director de una de las carreras de montaña más exigentes de España: la Canfranc-Canfranc. Compartir tantos días de trabajo con alguien que entiende tan bien la organización de eventos extremos siempre es un aprendizaje continuo. Las conversaciones durante los desplazamientos, los debates sobre recorridos, seguridad o logística y, por supuesto, las inevitables bromas al final del día, forman ya parte inseparable de estos viajes.


Porque marcar una carrera no consiste únicamente en colocar cintas y banderitas. Es convivir durante casi dos semanas con un grupo de personas que termina funcionando como una pequeña familia itinerante. Quizá por eso cada edición acaba dejando recuerdos distintos.
Hay amaneceres espectaculares, tormentas inesperadas, rebaños que aparecen de la nada, águilas sobrevolando los valles, kilómetros de silencio absoluto y noches bajo un cielo donde la Vía Láctea parece mucho más cercana que en cualquier otro lugar.

Y siempre sucede lo mismo.
Cuando pienso que ya conozco Mongolia, aparece un valle nuevo, una familia diferente, una conversación inesperada o un paisaje capaz de desmontar todas mis certezas. Eso es precisamente lo que hace especial este país.
Después de ocho años regresando al Gobi, sigo sintiendo la misma curiosidad del primer viaje. Continúo disfrutando de esa mezcla de aventura, incertidumbre y respeto que solo ofrecen los grandes espacios abiertos. Y sigo convencido de que el verdadero lujo de este trabajo no consiste en viajar por medio mundo, sino en poder conocer lugares y personas que muy pocos tienen la oportunidad de descubrir desde dentro.

Cuando los corredores llegan y empiezan la carrera, verán únicamente las balizas que les indican el camino. Lo que no verán serán todos los días de trabajo, los cientos de kilómetros recorridos previamente, las decisiones tomadas sobre el terreno y el esfuerzo de un equipo que ha puesto todo su empeño para que la aventura sea posible.
Nosotros, en cambio, nos marcharemos con la satisfacción del trabajo bien hecho y con una nueva colección de recuerdos que volverán a acompañarnos durante todo el año.

Y, como siempre ocurre al despedirme de Mongolia, con la sensación de que este inmenso país aún guarda muchos secretos por descubrir.
Porque algunos lugares nunca dejan de sorprenderte.

Y Mongolia es, sin duda, uno de ellos.